Las certificaciones añaden valor, pero ¿para quién?
- De 2020 a 2022, aproximadamente el 55 % de la producción mundial de café fue certificada
- A pesar de eso, menos del 26 % fue comprado por la industria
- La certificación a menudo implica una alta inversión inicial, pero una baja rentabilidad para los productores
Afirmaciones y etiquetas como “el primer café certificado con agricultura regenerativa”, “100 % orgánico” y “producto de Comercio Justo” adornan cada vez más las bolsas de café en todo el mundo. Es una promesa a los consumidores de que su compra contribuirá a un bien mayor.
Las certificaciones se han convertido en un aspecto crucial, pero polémico, de la industria. Si bien las marcas las aprovechan para mejorar su posicionamiento en el mercado y su atractivo para el consumidor, surgen preguntas sobre quién asume la responsabilidad de conseguir estos sellos de aprobación y quién se beneficia de ellos.
También te puede interesar nuestro artículo ¿Se debilitan las certificaciones de café a medida que se introducen más?

Un deseo de diferenciación
El atractivo de las certificaciones reside en sus supuestos objetivos en materia de derechos humanos y medioambiente. En un mercado competitivo las certificaciones suelen ser un factor decisivo para productores y tostadores debido al valor añadido que creen que aportan a los consumidores, generalmente a un precio superior.
“La certificación establece cierta credibilidad y confianza entre productores, consumidores, clientes y otras partes interesadas, especialmente porque hay un tercero que valida que lo que estás afirmando es real y tienes evidencia para demostrarlo”, dice Diana Ayala Gómez, Presidenta de IWCA España y consultora experta en café en el Import Promotion Desk.
A medida que los tostadores se esfuerzan por diferenciarse en un ámbito competitivo, las certificaciones se buscan como insignias de sostenibilidad y abastecimiento ético.
La demanda de estas certificaciones proviene principalmente del lado del consumidor en la cadena de suministro y los beneficios parecen acumularse ahí. Entonces, ¿qué beneficios obtienen los productores?
En el mejor escenario, la certificación puede garantizar un precio superior y mejores ingresos, pero siempre ha sido una operación costosa para los productores. Dentro del difícil panorama económico actual, resulta cada vez más difícil justificar la inversión.
“En la mayoría de casos, el costo del trabajo adicional y la certificación no está cubierto por lo que el mercado paga al productor”, afirma Vicente Mejía, fundador y director ejecutivo de Clearpath Coffee. “Los productores tienen una posición negociadora débil frente a los grandes compradores, que solo compran si cumplen con las normas”.
¿La certificación corre el riesgo de convertirse en una calle de un solo sentido?
La certificación requiere tiempo, dinero, esfuerzo y habilidad
A pesar de las nobles intenciones detrás de las certificaciones, la realidad suele ser desalentadora para muchos productores que enfrentan desafíos importantes para cubrir los elevados costos asociados a ellas.
Desde auditorías y obstáculos burocráticos hasta iniciativas de desarrollo de capacidades y cuotas de membresía, la inversión inicial puede suponer una pesada carga financiera para los productores.
El Coffee Barometer revela que, “entre 2020 y 2022, aproximadamente el 55 % de la producción mundial de café estaba certificada”, pero “la industria adquirió menos del 26 % del café. En consecuencia, los productores certificados, que han realizado inversiones iniciales para cumplir con los estándares, sufren una reducción en su rentabilidad”.
“Establecer un sistema interno e implementarlo requiere una gran cantidad de recursos”, afirma Diana. “Me refiero a la mano de obra cualificada necesaria para esta implementación, costos que se generan antes de los asociados con la auditoría y la certificación”.
“En Colombia, a menudo he visto consultores que recomiendan a los productores adoptar certificaciones para alcanzar los mercados internacionales. Aunque, cuando finalmente obtienen la certificación, después de mucho esfuerzo y gastos, no saben cómo encontrar clientes ni llegar al mercado deseado”.
¿Cómo reducir la carga?
Alison Streacker, gerente de operaciones de la Asociación Africana de Cafés Finos, explica que ahora algunas certificaciones han establecido parámetros para evitar esto y disminuir los costos.
“Por ejemplo, se necesita una empresa con cierta trayectoria y mercados asegurados, lo que facilita el éxito de los productores y evita la sobreoferta”, afirma. “Esto, por otro lado, excluye a quienes más necesitan los beneficios de la certificación”.
“Los tostadores pagan la tarifa de la licencia, así es como la certificación se mantiene a flote. Si bien esta es su contribución para mantener las certificaciones en el mercado, los productores siguen soportando la mayor parte de los costos de la certificación, incluyendo tiempo, dinero y conocimiento”.
Aunque los tostadores estén dispuestos a pagar más por el café certificado, la carga financiera y las ganancias asociadas rara vez se comparten proporcionalmente.
“La certificación orgánica es quizás la más difícil de conseguir”, dice Vicente. “Requiere un período de transición de al menos dos años, con una disminución de la productividad que, en nuestro caso, llegó al 40 %. El costo en tiempo, esfuerzo y dinero es enorme”.
“El retorno de la inversión en la certificación no es financiero ni un mejor negocio. Es el deseo de hacer las cosas bien y proteger el ambiente. Lamentablemente, el mercado no lo compensa”.
Surge una pregunta urgente: ¿deberían los tostadores participar en conversaciones con los productores, reconociendo que la demanda de café certificado proviene de los consumidores?

El cumplimiento corre el riesgo de convertirse en un impuesto al productor
La trayectoria actual hace que los programas de certificación y las auditorías de cumplimiento se conviertan potencialmente en una carga similar a un “impuesto al productor”. Mientras que los caficultores invierten considerables recursos, tiempo y energía en cumplir con los estándares de certificación, los tostadores suelen obtener los beneficios con una inversión relativamente mínima.
“No diría que es un impuesto en el contexto de la certificación”, dice Alison. “Es voluntario y es una opción, pero la debida diligencia obligatoria se podría considerar, en cierto modo, un impuesto. Las certificaciones están trabajando arduamente para contrarrestar esto. Fairtrade y Rainforest Alliance, por ejemplo, ahora ofrecen apoyo a los productores para que logren el cumplimiento e incluyen criterios de debida diligencia en sus estándares”.
Con los requisitos obligatorios de debida diligencia acechando en el horizonte, la disparidad entre las contribuciones de los productores y las ganancias de los tostadores está destinada a ampliarse aún más, exacerbando los desafíos existentes.
“Uno de los problemas potenciales que estoy observando es que los importadores aumentan las exigencias en calidad, información y certificados, sobre todo con las nuevas regulaciones, sin verificar el impacto que tiene para los productores y si están preparados para afrontarlo”, afirma Diana.
Esto generaría una brecha aún mayor en lo que pueden hacer los pequeños, medianos y grandes productores. Es necesario un trabajo conjunto que permita armonizar el origen y el destino.
Un modelo de coinversión entre productores y tostadores ofrece un atisbo de esperanza para abordar este problema. Al compartir las responsabilidades financieras y reconocer los beneficios compartidos que aportan las certificaciones, se puede establecer un sistema más equilibrado y justo.
“El consumidor final valora y paga la certificación, y las empresas más cercanas son las que más benefician”, afirma Vicente. “El productor no recibe lo suficiente por las certificaciones, quizás deberían involucrar a toda la cadena para que le reembolsen al productor”.

Conclusiones finales
Si bien algunas iniciativas de coinversión ya pueden estar en marcha, una adopción generalizada de este modelo podría revolucionar la dinámica de la industria. Así, se fomentaría una mayor sostenibilidad y equidad en la cadena de suministro.
“En general, necesitamos más coinversión a lo largo de la cadena de suministro en su conjunto. Hay que involucrar al tostador, al productor, a los comerciantes intermedios, los gobiernos y las juntas de café”, dice Alison.
A medida que el mercado continúa forcejeando con las complejidades de la certificación, lograr un equilibrio armonioso entre los costos y los beneficios para todos los participantes es fundamental para la viabilidad a largo plazo y la integridad ética de la industria.
¿Disfrutaste de este artículo? Entonces lee sobre cómo se utilizan las certificaciones para comercializar el café
Traducido por Loreta Moccia. Traducción editada por Alejandra Soto.
Nota editorial: este artículo fue publicado originalmente en inglés en Coffee Intelligence
PDG Español
¿Quieres leer más artículos como este? ¡Suscríbete a nuestro boletín semanal aquí!



