30 de noviembre de 2021

Explorando Malaui como origen de café

Malaui es un país sin salida al mar situado en el sureste de África, con una población de más de 19 millones de personas. Su economía se basa en gran medida en la agricultura, la cual mantiene al 90% de la población rural del país.

Las principales exportaciones agrícolas de Malaui en 2018 fueron el tabaco crudo (valorado en 694 millones de dólares) y el té (89,9 millones de dólares). Y aunque el país exportó unos 109.000 sacos de café de 60 kg en 1993, unos 28 años después, esta cifra se sitúa en unos 9.000 sacos al año.

Para saber más sobre las razones tras esto y qué están haciendo los caficultores para rejuvenecer la industria cafetera de Malaui, hablé con dos profesionales del sector. Sigue leyendo para saber lo que dijeron.

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Breve historia del café en Malaui

Malaui limita con Mozambique, Zambia y Tanzania. Dado que Tanzania es un importante origen de café africano (exportó cerca de 800.000 sacos en 2019/20), a menudo eclipsa el cultivo comparativamente menor de Malaui en la región.

El café se introdujo en el país a finales del siglo XIX, cuando el Dr. John Buchanan trajo la variedad Nyasaland (un derivado del Bourbon y Típica) desde el Real Jardín Botánico de Edimburgo. Antes de la independencia de Malaui en 1964, muchas de las grandes fincas cafetaleras del país eran propiedad de colonos británicos y se concentraban en las regiones de Thyolo y Mulanje. 

Bajo el régimen colonial, los caficultores de Malaui estaban sobrecargados de trabajo y mal pagados. Sin embargo, en 1971, el gobierno de Malaui, recién independizado, reformó el sector cafetero a pequeña escala mediante una estructura organizativa conocida como Smallholder Coffee Authority (SCAA, autoridad del café producido a pequeña escala). 

Pero a pesar de la nueva estructura, durante las décadas de 1980 y 1990, la enfermedad de la marchitez del cafeto interrumpió la producción de café malauí. Junto con una mala gestión organizativa generalizada, el país experimentó una grave disminución en el cultivo del café. 


El cultivo del café en Malaui: una visión general

Christopher Gondwe es un ejecutivo de calidad y procesamiento del café ubicado en Malaui. Él dice: “Actualmente, la mayoría de las fincas cafetaleras siguen confinadas en el sur de Malaui, en las regiones de Mangochi, Mulanje, Zomba y Thyolo”.

“Sin embargo, estas fincas no cultivan café como principal cultivo comercial; el tabaco, el té y la macadamia se consideran los principales ingresos”, añade, señalando que solo hay cinco fincas cafetaleras importantes activas en Malaui.

Christopher añade: “La mayoría de las fincas utilizan la irrigación para regar su café. La calidad producida por muchas de las fincas es buena, pero a menudo todavía [tienen] camino que recorrer antes de [que su café sea] considerado de grado especial”.

En la actualidad, se calcula que hay unas 4.000 fincas de caficultores a pequeña escala en el norte y el centro de Malaui. Se cree que la mayoría de estos caficultores tienen menos de 200 plantas cada uno.

“Los caficultores están organizados [en] cooperativas”, explica Christopher. ”Por ejemplo, bajo la unión de cooperativas Mzuzu Coffee Planters Cooperative Union, o MCPCU, hay seis sociedades cooperativas primarias que tienen su sede en el norte de Malaui”. 

En conjunto, estas seis sociedades cooperativas producen entre 400 y 450 toneladas métricas de café al año. La MCPCU exporta el café de sus miembros a todo el mundo mediante contratos fijos. 

Esto es clave, ya que hay poca orientación gubernamental para el proceso de exportación de café. Si bien esto significa menos burocracia y papeleo, también dificulta a los pequeños caficultores poder exportar su cosecha. 

Por lo tanto, la responsabilidad de apoyar a los pequeños caficultores para que exporten a nivel mundial recae generalmente en las cooperativas y en la MCPCU.

Los principales mercados de destino del café malauí son Sudáfrica, Alemania, Japón, Holanda, Estados Unidos y el Reino Unido. Se calcula que solo se consumen 24 toneladas de café en el país.

Variedades y perfiles de sabor comunes

Arábica es la única especie de café que se cultiva en Malaui. El café del país suele describirse como dulce, delicado y floral, con notas de regaliz y especias.

Hasta la década de la década de 2000, Caturra era la variedad más popular en el país. Sin embargo, entre 1999 y 2007, la mayoría de las plantas de Caturra fueron sustituidas por Catimor, un híbrido Caturra y Timor el cual es resistente a la roya del café.

Otras variedades populares son Catuai (un híbrido de Mundo Novo y Caturra), K7 (el cual madura rápidamente), Ruiru 11 (con alta resistencia a las enfermedades y buena calidad de taza), y SL28 y SL34 (ambas tienen una alta calidad en taza pero son susceptibles a las enfermedades). Las variedades más raras que también se cultivan en Malaui son Geisha, Nyika 129 y S. Agaro.

La temporada de cosecha en Malaui ocurre de abril a septiembre. “La producción total, tanto de las fincas pequeñas como en las más grandes, es de unas 2.000 toneladas al año”, afirma Christopher. “Utilizan tanto el procesamiento lavado como el natural”. 

La mayor parte del café se procesa en las estaciones de lavado locales antes de ser transportado a las instalaciones de procesamiento secundario de Mzuzu, la capital de la región norte del país y la tercera ciudad más grande de Malaui. 

Los caficultores de Malaui también cultivan plantas de café para defenderse de la erosión del suelo. En las grandes fincas (a menudo donde los productores cultivan principalmente macadamia, tabaco y té), el café se planta a veces en las curvas de nivel para controlar el deslizamiento del suelo y mitigar la erosión. 

Las cooperativas, la MCPCU y el fondo de caficultores a pequeña escala 

En 1999 se fundó el Smallholder Coffee Farmer’s Trust (fondo de caficultores a pequeña escala) o SCFT, después de que los caficultores acordaran la abolición de la SCA. En aquel momento, los caficultores solo recibían entre el 20% y el 30% del precio de venta total, ya que la SCA se quedaba con la mayor parte de los fondos. 

Los principales objetivos de la SCFT eran aumentar la calidad del café y añadir valor a toda la cadena de suministro. La fundación procesaba y vendía café empacado, bajo una marca, e intentaba minimizar los costos para los caficultores mediante iniciativas como la Gestión Integrada de Plagas (GIP), la cual reducía la dependencia de los productores de los pesticidas.

Uno de los avances más significativos que inició la SCFT fue un esfuerzo de replantación masiva de Catimor a principios y mediados de la década de 2000. Su crecimiento más rápido y sus mayores rendimientos permitieron a los caficultores mejorar rápidamente sus ingresos.

Sin embargo, en 2007, la SCFT se convirtió en la MCPCU, y el principal cambio fue que los caficultores pudieron adquirir acciones de la unión a través del modelo de sociedad cooperativa. Con esta última reforma, los ingresos de los productores aumentaron hasta el 70% y el 80% del precio de venta final.

“A través de [la MCPCU], los pequeños propietarios pueden certificar su café como orgánico y de comercio justo”, añade Christopher. “Todo esto está orientado a una producción de café de mayor calidad y a crear un entorno sostenible para el cultivo del café”.

La estructura de cooperativa también es más inclusiva y accesible. “Otra ventaja de pertenecer a la MCPCU es que [no existe una] restricción para la venta de café”, explica Christopher. “Cualquier caficultor puede vender sus granos a quien quiera. El sindicato existe simplemente para defender y garantizar que los granos alcancen precios justos”.

Las cooperativas en MCPCU también ofrecen servicios y formación para ayudar a los pequeños caficultores a comercializar su café y a practicar técnicas agrícolas sostenibles. 

Por ejemplo, Christopher afirma que los caficultores “están empezando a cultivar su café en zonas de sombra, lo cual aumenta la calidad y reduce el consumo de agua en el terreno”.

Un panorama difícil para la producción de café

Christopher señala que la salud de los cultivos es un gran reto para los productores de Malaui. “Los cafetos tienen altas tasas de mortalidad”, explica. “Esto se debe a que los caficultores tienen poco o ningún acceso a los fertilizantes o rociadores químicos, tanto orgánicos como inorgánicos”.

Estos insumos agrícolas suelen ser costosos para los pequeños caficultores, aunque se han puesto en marcha iniciativas de reducción de costos como la GIP y la Gestión Integrada de Cultivos (GIC) para mejorar la fertilidad del suelo y la resistencia de las plantas de forma rentable.

“La enfermedad de la marchitez del cafeto sigue siendo una gran preocupación, aunque los contribuyentes que financian y apoyan continuamente al sector se ocupan de ello”, afirma Christopher. 

La enfermedad de la marchitez del cafeto hace que las hojas se caigan y se vuelvan amarillas, antes de que el árbol acabe muriendo. Una vez que un árbol contrae la enfermedad de la marchitez, no se puede salvar, e inevitablemente morirá. 

Además, la enfermedad de la cereza del café, la roya y el ojo de gallo afectan a la producción de café en Malaui. La broca del café y el insecto antestia también son una amenaza. La GIP y la GIC ayudan a los productores a defender sus plantas, pero en conjunto, son muchas las amenazas a las cuales deben enfrentarse los caficultores. 

También hay problemas logísticos. Malaui es un país montañoso con una infraestructura de transporte poco desarrollada. Algunos caficultores se ven obligados a transportar su café a pie a través de largas distancias, lo cual resulta casi imposible durante las fuertes lluvias.

Por último, aunque el café malauí es, en general, de una calidad razonable, la mayor calidad y cantidad del café de la vecina Tanzania coloca al malauí en desventaja.

John Sathya es el subdirector general de Sable Farming, una de las mayores fincas cafetaleras de Malaui.

Él dice que debido a estas luchas, la asociación cafetera de Malaui, CAMAL, planeó retirarse de la Organización Internacional del Café. Sin embargo, a principios de 2021, la organización tomó la decisión de seguir siendo un país miembro de la OIC.

A pesar de ello, John afirma que la mayoría de los caficultores de Malaui creen que la afiliación no aporta ningún beneficio tangible. “Lo único que hacemos es pagar las cuotas de afiliación y tener un número de socio”, me dice.

Además, él señala que el reciente aumento de la estructura salarial de los trabajadores de Malaui ha encarecido la producción de café. Esto dificulta la vida de las grandes empresas cafeteras que intentan producir a escala.

“La producción ha caído de 15.000 toneladas métricas a [alrededor de] 1.000 toneladas métricas anuales”, afirma. “El café está perdiendo terreno frente a plantas más lucrativas, como la macadamia. Si los precios no aumentan, no tendremos más remedio que arrancar el café y plantar más macadamia”.

Sin embargo, se están haciendo algunos progresos. En primer lugar, Christopher me dice que el gobierno está ofreciendo más apoyo a las cooperativas, el cual se transmite luego a los caficultores individuales.

Incluso hay planes para crear más cooperativas en regiones de cultivo menos establecidas, como Dedza, Mangochi, Mchinji, Dowa, Ntcheu y Neno.

Christopher me dice que tiene fe en el futuro del sector cafetero de Malaui. “Hay un futuro brillante para el sector cafetero de Malaui”, afirma. “Los pequeños caficultores viven en zonas aptas para el cultivo del café, y las cooperativas están animando a los caficultores a seguir buenas prácticas agrícolas y a asegurarse de que su producción sea sostenible”.

A pesar de estos diversos retos, algunos involucrados, como Christopher, tienen la esperanza de que la calidad y la cantidad del café malauí puedan aumentar en los próximos años.

Sin embargo, los retos que plantean los elevados costos de producción y los cultivos comerciales alternativos más lucrativos, como la macadamia, el tabaco y el té, son una amenaza para el café de Malaui. Solo queda esperar que el sector cafetero del país consiga superar estos obstáculos.

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Crédito de las fotos: Christopher Gondwe

Traducido por Tati Calderón. Traducción editada por María José Parra.

PDG Español

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