21 de octubre de 2021

Producción de café en zonas de conflicto

Por muchos años, el café ha sido un producto fundamental para impulsar la economía de los países productores del mundo. Pero esta condición no lo ha excluido de los efectos de la violencia, la guerra, el conflicto armado, los cultivos ilícitos, entre otros problemas socioeconómicos que enfrentan algunas zonas cafetaleras. 

Estas problemáticas han llevado a las comunidades que cultivan café a declararse en un estado de vulnerabilidad, lo cual amenaza la sostenibilidad de la caficultura. Esto ha desencadenado el interés de algunas organizaciones, actores de la cadena de valor del café y gobiernos por intervenir en estas regiones para impulsar proyectos sociales en el orígen para mitigar los efectos del conflicto.

Para saber más sobre los desafíos, impacto y resultados de estas iniciativas, hablé con cuatro expertos que han liderado algunos proyectos en Colombia y México. Continúa leyendo para conocer más.  

Lee también: De cultivos de coca a cultivos de café: cómo el tratado de paz con las FARC afecta a los agricultores.

Conflicto en las zonas rurales: Una visión general

Las regiones productoras de café generalmente se encuentran en lugares remotos que imposibilitan la igualdad de acceso a la educación, los servicios públicos, inversión económica e intervención estatal, propiciando un crecimiento en los niveles de pobreza, y desigualdad. 

Por esta razón, las economías asociadas al café muchas veces han demostrado su fragilidad y perdido su inmunidad ante los conflictos, la aparición de grupos criminales, guerras, el narcotráfico y los cultivos ilegales. Esto desencadena situaciones adversas para la producción de café, como el deterioro de la infraestructura, dificultades de acceso, desplazamientos forzados, desempleo, una reputación negativa en el mercado y de las instituciones, entre otras. 

Debido a los bajos precios en el mercado, los caficultores deben enfrentarse a una situación de inseguridad e inestabilidad económica.

Esto termina influenciando en sus decisiones de inversión y producción a largo plazo, en las que muchas veces optan por abandonar las fincas para emigrar hacia las ciudades, basan su producción en la supervivencia o sustituyen la siembra de café por productos ilegales porque son más rentables y suponen un menor riesgo económico.

Un ejemplo es Colombia, el tercer productor de café en el mundo. Muchas tierras en el país también albergan cultivos ilícitos que han financiado la creación de grupos ilegales y el conflicto armado por varias décadas. 

Aunque el café ha alcanzado precios históricos y ha traído bonanzas para los caficultores en el pasado, las actividades ilícitas, debido a un mayor rendimiento y menores costos de producción, han demostrado ser más rentables.

Así lo afirmó el estudio Café ¿alternativa para la sustitución de cultivos de uso ilícito?, realizado por la Universidad Nacional de Bogotá en 2019, el cual concluyó  que el rendimiento por hectárea de los cafetos es menor que el que produce la coca. 

La siembra de amapola, coca y marihuana se ha convertido en una fuente de economía segura y estable para las subsistencias de las familias rurales, en contraste con otros cultivos, entre estos el café, que muchas veces representan pérdidas.

Proyectos de desarrollo en las regiones cafetaleras

A pesar de que en muchas regiones cafetaleras aún se viven situaciones de conflicto, luchas territoriales y economías ilícitas, algunas empresas del sector e instituciones públicas y privadas trabajan con los caficultores, para intervenir en estos territorios a través de iniciativas sociales que fortalezcan la caficultura y se adapten a las necesidades de la comunidad.

Miguel Romero Guevara es el técnico de campo de Ensambles Cafés, una comercializadora de café en México, enfocada en la producción de café de especialidad.

Él me cuenta que desde hace dos años, la empresa, en colaboración con un grupo de caficultores que se autodenominó Jubba (montaña, en lengua Me´Phaa) lidera un proyecto que busca mejorar los ingresos de los habitantes a través de la producción de café especial en La Montaña, en el estado de Guerrero. 

Esta iniciativa no solo busca comercializar el grano, sino acompañar a los productores en la preparación de los lotes, empoderarlos sobre su café y brindar capacitaciones para la gestión de la finca y en los procesos de manejo poscosecha para mejorar la calidad en taza. 

Sin embargo, durante el desarrollo del proyecto se han encontrado diversos obstáculos que ralentizan y ponen en riesgo la calidad del café y la integridad de los participantes. 

Guerrero ocupa el primer lugar en la producción de amapola en México, un cultivo que se distribuye por todo el estado y está enclavado en la Montaña Alta. Por esta razón, se le conoce como la Montaña Roja, debido al color rojo de la flor.

Según datos del Consejo Nacional de la Política de Desarrollo Social, está región presenta altos índices de pobreza alimentaria, analfabetismo, marginación y un acceso deficiente a la educación y salud. 

A esto se suma la precaria e insuficiente infraestructura de carreteras que dificultan el acceso y la monopolización en la comercialización, pues antes de que la empresa ingresara al estado, solo existía un comprador de café que fijaba los precios según sus intereses. 

“Toda esa situación de pobreza, de delincuencia, narcotráfico, etc, obviamente ha hecho que la crisis deje muy dañada la población. Ha provocado procesos de migración inmensos, la gente de La Montaña por toda esa situación migra principalmente al norte del país, al estado de Sinaloa, que es donde se van a trabajar como jornaleros”, complementa Miguel. 

Laura Elsa Meunier se encarga del área comercial y las relaciones entre productores de México y tostadores de Europa, en Ensambles Cafés. 

Ella me cuenta sobre otros proyectos similares en comunidades que se asientan en Oaxaca y Chiapas, las cuales tienen muy pocas oportunidades de comercialización y viven en un contexto político muy inestable. Estos territorios se mantienen en “conflictos basados en la propiedad de las tierras. Según entiendo, las propiedades de las tierras no son muy claras en México desde la Reforma Agraria, entonces hay muchos conflictos en el país sobre este tema y nunca se resuelven”. 

“Este año nosotros íbamos a ir a la comunidad para instalar un laboratorio y catar los cafés con los productores y en el momento en que quisimos ir, pues explotó un conflicto armado y entonces el acceso se puso un poquito complicado”, recuerda Laura. 

Las Guerreras, un grupo de mujeres organizadas en La Montaña, es otra iniciativa liderada por la compañía. Tiene como objetivo reivindicar el papel y empoderar a las mujeres involucradas en la caficultura.

Este proyecto busca mejorar los procesos de cosecha y beneficio para producir cafés de mejor calidad, consolidar empresas rurales para la comercialización de los productos y reducir los problemas de género, como la discriminación, la misoginia y el machismo.

El papel de la educación

La educación en el orgien es fundamental para la conservación de la caficultura y evitar problemas generacionales en las familias de productores. 

Esto lo ha comprendido La Federación Nacional de Cafeteros de Colombia, que desde la década de 1980 viene fortaleciendo la educación rural a través de la creación del modelo pedagógico Escuela Nueva, que fue ampliando su oferta educativa progresivamente hasta brindar educación universitaria en las zonas rurales del departamento de Caldas. 

Elsa Inés Ramírez Murcia,  coordinadora de Desarrollo Social  de los programas de Educación Rural del Comité de Cafeteros de Caldas, señala que a pesar de que el departamento fue víctima de la violencia, el fenómeno no se agudizó como en otras regiones del país, en parte gracias las intervenciones e inversiones hechas por el sector público y privado. 

Según Elsa, los niños y jóvenes siempre han sido un blanco para las guerrillas, quienes les prometen una mejor calidad de vida a cambio de enlistarse en sus filas. En ese contexto, ese modelo “fue estratégico para el tema de los grupos ilegales, porque digamos que le robamos esos niños a la guerra, porque los niños al estar ocupados, escolarizados y estar aprendiendo temas importantes (…) permanecen en el sistema educativo”, dice Elsa. 

Asimismo, se han desarrollado otros programas en el marco de los Diálogos de Paz. En este caso, el café ha significado una segunda oportunidad, la inclusión económica y la subsistencia para los excombatientes de las FARC, que decidieron reincoporarse a la vida civil. 

Andrés Felipe Stapper Segrera es el director general de la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN), encargada de liderar estos proyectos. Él me cuenta que dentro las estrategias que se han desarrollado, figuran los Modelos de Entornos Productivos (MEP). Allí, los desmovilizados conviven entre 40 y 90 días, mientras reciben una capacitación sobre los procesos de producción de café, preparación de bebidas y desarrollo humano. Simultaneamente, trabajan en su propio un proyecto con la ayuda de la ARN. 

Andrés agrega que los MEP han facilitado“la estabilización socioeconómica de las personas en proceso de reincorporación y reintegración, mediante el fortalecimiento de capacidades y habilidades para la vinculación a alternativas productivas”. 

Impacto en las regiones cafetaleras 

El balance de estos proyectos, que han significado la inclusión económica para muchas comunidades marginadas, ha sido positivo. Sin embargo, Andrés y Laura concuerdan en que el impacto ha sido pequeño y gradual.

“Hay que ser honestos y reales en el sentido de que no podemos tener un impacto enorme. La intención es que impactando a un poco de gente, podamos, ya luego con el tiempo, aumentar este impacto y tener una influencia más grande en la comunidad, pero esto toma muchísimo tiempo”, agrega Laura. 

Andrés dice: “Se espera que los proyectos productivos generen impactos a largo plazo en los territorios y se logren consolidar los procesos comerciales que en últimas se verán reflejados en los productores de la región”. 

Para Laura, la colaboración de Ensambles Cafés ha permitido que los caficultores hayan ampliado sus capacidades en la comercialización del grano, en lugar de limitarse solo a recolectar su café.

“Si no existe ningún incentivo comercial, los dueños de los cafetales solo llegan a cortar café y no hacen nada más. En cambio, con la intervención que tenemos, estamos motivando a algunos productores a trabajar su finca, buscar producir más, producir mejor y estamos dando valor a su trabajo”.

“El otro impacto que tenemos es proveer estabilidad a los productores. La falta de perspectiva hace que los productores no tienen idea de lo que van a recibir el próximo año, entonces prefieren no invertir nada por si el precio se desploma”, añade Laura. 

Miguel señala que la economía de los habitantes del estado de Guerrero ha mejorado, gracias al aumento de la calidad en sus procesos. Ensambles Cafés pagó el año pasado un precio base de USD 1,48, alcanzando precios de USD 2,46 por kilogramo de café de proceso natural, una cifra 2.7 veces superior al precio que ofrecen los compradores locales. 

Además, las mujeres productoras recibieron por el grano un valor de 90% por arriba del precio local. 

Elsa me dice que el modelo educativo gestado en Caldas, ha contribuido a disminuir la deserción de los estudiantes rurales, ha educado a  cerca de 10 mil jóvenes en la universidad en el campo y cada año se forman más jóvenes cafeteros en Caldas, quienes pondrán sus conocimientos e innovaciones al servicio de sus negocios familiares.

“Hoy tenemos 52 mil niños matriculados. Este programa anualmente gana muchos más estudiantes. Contrario lo que pasa en el país, en Caldas cada vez hay más estudiantes en el sistema educativo rural”, apunta Elsa. 

Efectos a largo plazo

El café ha representado una forma de lucha y resiliencia para las comunidades que se debaten en medio de estos entornos marcados por la guerra y las luchas territoriales. 

No obstante, aún quedan muchos retos por superar para que el cultivo sea rentable, mejore las condiciones de vida  de los productores e impulse el cambio en las comunidades cafetaleras. 

Miguel espera que a largo plazo, los caficultores puedan consolidarse y mejorar sus procesos en las fincas y en el beneficio, para brindar al mercado un café que cumpla con sus expectativas y por ende reciban una mejor remuneración. 

“Que se formalicen estos grupos de productores de café de especialidad, que puedan justamente tener los instrumentos o las herramientas para poder comercializar de forma directa con nosotros sus productos”.

Adicionalmente, se busca que los demás actores de la cadena de café, como los tostadores, reconozcan su compromiso y se vinculen a estos proyectos que surgen en entornos complejos.

“Nosotros somos comercializadores, pero no somos los que tostamos el café. Entonces, necesitamos buscar aliados en el mundo, que quieran apoyar estos proyectos, que quieran desarrollar estos cafés con nosotros ”, indica Laura. 

“Es muy difícil porque el mercado hoy en día está muy regido por la calidad en taza y estamos buscando comunicar sobre los retos de estos cafés y los impactos que pueden tener el comprar estos cafés. No son cafés excepcionales, son buenos cafés y necesitamos buscar esta conexión con tostadores que entienden todo el contexto”. 

Las iniciativas sociales han contribuido de forma gradual a mejorar las condiciones de vida de los productores, cerrar las secuelas de la violencia, restaurar el tejido social de las comunidades y trabajar en conjunto por la producción de un café de alta calidad, con un mejor acceso al mercado.

Sin embargo, la sostenibilidad de la caficultura en estas zonas cafeteras que resurgen de épocas de conflicto, también depende del interés y la intervención por parte de otros actores de la cadena de valor, como los tostadores y consumidores. 

¿Disfrutaste este artículo? Conoce más sobre las Iniciativas sociales en las comunidades productoras de café.

Crédito de las fotos: Federación Nacional de Cafeteros de Colombia, Ensambles Cafés

PDG Español

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